Reseña: Atomic Blonde – Diva Satánica

 

Hace ya una década fue lanzada una novela negra que sacudió mucho más que el mercado editorial: la trilogía Millenium, escrita por el desaparecido Stieg Larsson, tuvo el insospechado e inesperado valor de cosechar un consenso casi absoluto en torno a sus méritos como producto mediático. Logró domesticar a hordas completas de críticos conjuradores, fue traducida a treinta y cinco idiomas y generó una franquicia que, hasta el día hoy, sigue lanzando libros y aun especula con volver en formato IMAX. Podría sostenerse que los suecos (Larsson lo era), ya emparentados con cierta tradición en el género policial escandinavo, contribuyeron a poblar el imaginario cultural vacante de principios de siglo con una saga que tuvo entre sus atributos nada más ni nada menos que catapultar la figura de Lisbeth Salander –mujer, huérfana, Asperguer, arisca, hacker– como la heroína prototípica de la novela contemporánea. A escala planetaria. Quizá sea menos curioso de lo que podría pensarse, pero alrededor de la misma época, Quentin Tarantino lanzaba Kill Bill (2003-2004): a estas alturas, una ejemplar y referenciada historia de redención sanguinolenta y venganza samurái protagonizada, una vez más, por una mujer: la Novia.

Traer a colación estos referentes no es ni casual ni anecdótico. Dichos personajes femeninos protagónicos, en esas películas, en mayor o menor medida, tendieron a subvertir y finalmente desbaratar la representación tradicional que cierta industria cultural, al menos norteamericana, se había esmerado en endosarles a algunas mujeres. ¿Por qué es Charlize Theron quien, en la actualidad, podría representar mejor esta tendencia? La respuesta, en definitiva, no es una respuesta, sino que otra película: Mad-Max, Fury Road (2015). El acontecimiento que supuso el film de George Miller vino a cristalizar, en la figura de una actriz, una atmósfera que necesitaba de un sujeto que los pudiese encarnar. Integrar, en términos de casting, los atributos personales de la actriz con algunas pistas que podían rastrearse respecto de algunas tendencias culturales, en este caso, puede catalogarse como un acierto inusitado.

Es quizá una forma de fraguar virtuosamente el aroma de las vanguardias, el timing que supone el ir y venir de los actores, y el gusto de la audiencia: una forma infrecuente pero usual de aquella célebre combinación de encontrarse en el lugar y el momento adecuado. Entonces, puede decirse que Atomic Blonde es una expresión más o menos elocuente de lo anterior.

El primer plano de la película nos sitúa en el Berlín que antecede a su colapso oriental. La sola posibilidad de escuchar, ahí, un acento ruso, condiciona el desarrollo de la película: el cine de espías no es cine de espías si no aparece un ruso corpulento, macizo y enigmáticamente malintencionado. De ahí en adelante, se alternan dos narrativas: la primera es en Londres, en la sala del M-16, que tiene a Lorraine Broughton (Charlize Theron) junto a su superior jerárquico (Toby Jones) y un informante de la CIA (John Goodman) en un interrogatorio que la fuerza a pormenorizar lo que vemos, simultáneamente, en la segunda línea: qué sucedió en Berlin y cómo fue que llegamos hasta donde estamos.

El testimonio es generoso en peripecias y no deja de recordar a la narración que consolidó True Detective (2014): hablar ex post del modo a través del cual las cosas se fueron al carajo. Ahora bien, Broughton tiene una misión: recuperar una lista negra que podría extender la Guerra Fría y, no menos importante, cautelar los movimientos de David Percival (James McAvoy), agente in situ que parece tener un estilo de vida poco compatible con lo que se espera que tenga, un sujeto como él, en el cargo que tiene. Berlín es una ciudad cercenada en dos bandos, un poco punk y sólo parcialmente iluminada por los neones de las piezas de un hotel o las dependencias de los bares en los cuales Broughton debe encontrarse con agentes que le entregan pistas que le permiten, después, escrudiñar más pistas.

No es descabellado plantear que la cinta está hecha a la medida de Charlize: el realizador, David Leitch, doble de acción en decenas de películas, comanda con soltura Atomic Blonde. Elabora meticulosas coreografías en las cuales la protagonista, al contrario que en la tradición masculina del cine de acción, padece los enfrentamientos de manera evidente. Llagas, magulladuras y cansancio humanizan las luchas en escaleras o los numerosos asedios que se le propinan. Charlize encarna la violencia que recibe sin el estoicismo heroico que al mismo tiempo torna inverosímil dicha figura. El relato es vertiginoso, trepidante y no escatima en un guión calculadamente laberíntico que al final se preocupa para bien para mal de dejarlo todo claro. La sorpresa sorprende y, aun cuando no alcanza a dejar al espectador estupefacto, se las arregla con uno que otro giro interesante.

Acompañada de una banda sonora que sintoniza con una época (del añoso synth pop ochentero de Falco o los 99 Lutfballons de Nena, pasamos a referentes aun contemporáneos como Depeche Mode) y tiende puentes con la actual, Atomic Blonde constituye un film logrado, perspicaz e interesantemente montado en sus secuencias de acción, que se las arregla con un equilibrio entre la dosis suficiente de reflexión sociopolítica añadida para no caer en el vacío y la acción gamberra necesaria para no ser tomada demasiado en serio. Y que es capaz de sintonizar, sin alterar ni defraudar, con el imaginario de protagonista femenina de los tiempos que corren. Lo cual, a estas alturas del partido, y en virtud de prototipos anteriores que no se arrugaron en reproducir nefastos roles de género sin asco, no deja de ser.

Atomic Blonde (2017, 115 mins.) Estados Unidos, David Leitch.
Charlize Theron, James McAvoy, John Goddman, Toby Jones, Sofia Boutella.

 

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