Reseña: Johnny 100 pesos, capítulo 2 – Carlitos’ chilean way

 

Parte del conflicto que organiza la trama en Johnny 100 pesos, capítulo 2 tiene relación con el secuestro de una joven aristócrata y cómo se las arreglan los protagonistas para gestionar el pago por su rescate. Allí, el contraste entre el origen y la trayectoria biográfica de quienes secuestran con la que es secuestrada es evidente, y no sólo remite a la dimensión socioeconómica. En este sentido, y por un procedimiento usual en este género, el espectador, que se identifica con quienes perpetran el hecho, termina justificando las razones de secuestrar a la representante de una elite rapaz, caprichosa y autocompasiva.

Hace exactos 20 años, Álex de la Iglesia estrenó Perdita Durango, una película excesiva y virulenta que tenía origen en esta misma coyuntura: el secuestro y apremio de personajes caucásicos y acomodados. Lo que en esta última tenía sentido dentro de las relaciones entre el vínculo controvertido entre México y Estados Unidos, en Johnny 100 pesos, capítulo 2 alude fundamentalmente a dinámicas de clase. Podría decirse que la película acierta cuando lee los términos de la disputa que se encuentra en esta tensión entre clases; no sólo porque denuncia, en sus términos, una temática vigente (la burbuja inmisericorde del negocio inmobiliario es un abuso perpetrado por una clase sobre la otra) sino porque deja entrever de manera muy subrepticia las circunstancias que dan cuenta de los diversos anclajes de esta animadversión: religión, comunismo e hiper-individuación del sujeto. Ahora bien, aun cuando existen motivos y consensos de sobra para desdeñar la especulación inmobiliaria del empresariado, lo interesante aquí está en  la exploración que hace el realizador sobre los imaginarios que lo vehiculizan. Todo eso que, en otro contexto, podría llamarse habitus.

Ahora bien, un problema insoslayable en Johnny 100 pesos, capítulo 2 es el tono.

Con una narrativa fragmentada en el primer tramo, se nos cuenta el regreso de Johnny (Armando Araiza) desde la cárcel a una ciudad hipermodernizada a la cual el personaje debe acostumbrarse. Johnny deviene una especie de Faundez fallido, si recordamos la publicidad de telefonía de finales de siglo. En su encuentro con la urbanidad, se le presenta demasiado rudimentario, como si la tecnología que cubre la ciudad en la actualidad fuese un código que el protagonista no es capaz de descifrar; no por una limitación del personaje, sino como una falta en la sutileza del mismo guión que documenta esta imposibilidad.

Simultáneamente, Johnny debe entenderse como un sujeto con familia: afuera, descubre y es descubierto por un hijo (Lucas Bolvarán) que no conocía. Además de una ciudad que desde las ventanas lo observa omnipresente. A partir de piezas que nos explican la continuidad de la circunstancia principal, el modo como se reconstruye el secuestro que los protagonistas se ven obligados a urdir, tiende a tambalear cuando quiere fraguarse en el presente narrativo de los protagonistas. Artificio eficaz en otras ficciones, esta manera de organizar la historia desperdiga episodios que difícilmente encajan en la trama. En otras palabras, se observa un manejo titubeante que curiosamente logra calibrarse cuando la narración vuelve a una línea temporal definida, precisamente porque se percibe mayor comodidad y resolución en el desarrollo posterior de la película. Como si el realizador, al apresurarse a concatenar el desorden a través del cual decide contar su historia en el primer tramo, trastabillara: incluso en el modo de utilizar los recursos formales de cada plano. Lo anterior diluye la significativa posibilidad, en términos narrativos y simbólicos, de acompañar a un personaje que debe construir su experiencia de un mundo que no le pertenece. Así, Johnny 100 pesos, capítulo 2 se constituye como un filme escindido en dos tramos de calidad desigual.

Quizá siempre es menos sencillo empezar a contar una historia que seguir contándola.

La segunda parte del metraje efectivamente permite cristalizar mejor el conflicto y la subjetividad de Johnny en torno a lo que debe resolver. Precisamente porque aquí pareciera que los códigos del género que Graef Marino se vale son recogidos de manera mucho más concienzuda. Con un guión que se vuelve ágil, una dosis compensada entre humor y crimen, e insospechados cameos de la película anterior, la película logra finalmente constituirse como lo que es: un thriller correcto, entretenido y vertiginoso desde la mitad hasta su desenlace.

Muy distinto de la desprolijidad alegórica de la transición democrática del primer capítulo, Johnny deviene un personaje más en la línea de un thriller de género que perfectamente podría nutrir la supuestamente exigua historia de relatos franquiciables en la ficción chilena. Aun cuando se extrañe la posibilidad de haber situado a Johnny como un testigo más activo o interpelado por las efervescencias sociales de la época, la posibilidad de verlo como un personaje de acción más cercano a otros productos industriales no es un destino necesariamente desalentador.

Ya son, quizá, otros los tiempos.

Johnny 100 pesos, capítulo 2 (2017, 113 mins.) Chile, Gustavo Graef Marino.
Armando Araiza, Lucas Bolvarán, Luciana Echeverría, Juan Pablo Bastidas.

 

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