Reseña: Desaparecido – Instinto de madre leona

Hale Berry es Karla Dyson, una mesera que trabaja en una cafetería cuyo déficit de personal le exige hacerse cargo de casi todos los pedidos del lugar, incluyendo los de comensales despóticos, regodeones e indolentes. Tiene un hijo, Frankie, quien la espera en la barra. Apenas su turno concluye, Karla lleva a su hijo a un parque en donde pospone en dos ocasiones un interés de Frankie: primero, por querer comer un helado (hay mucha fila en ese momento) y luego, por querer pintarse la cara (va a comenzar el espectáculo infantil). Podríamos decir que es una buena mamá: educa al hijo frustrando su deseo. Al mismo tiempo, se permite participar de sus juegos cuando, por ejemplo, lo deja esconderse en sus espaldas para finalmente intentar encontrarlo. Tienen, también, otro juego que los víncula: cuando ella lo llama Marco, el responde Polo. Marco Polo, el viajante que recorriendo lo desconocido no se pierde. El que hace de perderse la oportunidad de encontrarse.

Al rato, son espectadores ante el escenario de lo que es una especie de show infantil. Karla recibe una llamada de quien parece ser un abogado, quien le da a entender, entendemos nosotros, que el padre de Frankie busca alegar por su tuición completa. Luego de esa llamada, Karla, amargamente frustrada, vuelve la vista al lugar donde su hijo debió haberse quedado, pero para su sorpresa, él no está ¿Se fue, se lo llevaron, se perdió, lo secuestraron?

Estas dos circunstancias bastan para poder prefigurar las temáticas que recorre Kidnap (cuya traducción infumable de su título en español omite el juego de palabras). Karla es una mujer separada, asalariada y multitask: que se las apaña con hacer todo lo que puede con lo que tiene disponible. Pero que se consterna –como cualquier madre/padre– ante la posibilidad de que su hijo desaparezca de su mirada protectora; sea por efecto tanto de un secuestro como por circunstancias de un litigio de custodia. Es interesante pensar cuál podría ser la situación puntual de Karla con la encrucijada de la presencia versus la ausencia del objeto de su afecto. Ahora bien, alegoría de cierta incondicionalidad materna o representativa de la angustia agenciadora ante situaciones límite, Kidnap es menos eso que una película de acción más. Álgida a momentos pero, con todo, algo así como lo mismo de siempre. O quizá menos.

Veamos: Kidnap devela sus costuras cuando desarrolla ideas introductorias que no tiene interés por retomar al final. Tanto la dinámica del motivo presencia/ausencia como la problemática del conflicto propio del personaje (¿familiar, personal?) se ponen al servicio exclusivo de la acción trepidante. Hace dos meses, una película logró unir con virtuosismo ambos elementos acá irreconciliables: Baby Driver cumple con lo que acá queda pendiente. Al realizador no le importa el desarrollo o progresión argumental de su narración ni tiene decoro por modular los maniqueísmos en los cuales la ancla [disclaimer: que tampoco debería, por lo demás. Las películas no debiesen ser necesariamente intrincados tratados sobre la subjetividad los sujetos, por mucha densidad narrativa que, claramente, uno esté en calidad de pedirles], sino que gasta todos sus cartuchos en una puesta en escena cuyo centro es la persecución vehiculizada entre la protagonista y los secuestradores de su hijo. En este sentido, no debiesen importarnos mucho sus reflexiones pseudo-devotas ni sus amenazas ni sus reclamos: meras pantomimas para llenar el espacio silente de Karla al volante.

Las secuencias en carretera abundan en planos cenitales que destacan la trayectoria laberíntica o rectilínea de cada recorrido, y el montaje economiza recursos a partir de planos que alternan perspectivas contrapuestas para dar con el efecto vertiginoso –y exacerbado por un sonido metálico estridente– que sugeriría cualquier persecución de esta envergadura.  En este sentido, si hay motivos para ver Kidnap, estos se justifican en el entretenimiento de una audiencia que disfruta de una persecución que echa mano de ciertos recursos formales para construir golpes de efecto que interesan, al menos durante el momento que dura la acción.

El resto, caricaturas: antagonistas pobres, cesantes, sucios, desaliñados y obesos conectados clandestinamente con siniestras redes trasnacionales de tratas de niños indefensos y nunca vueltos a encontrar; policías burocráticos, negligentes y atrasados en su accionar garante de justicia y una protagonista, ante todo, que se convierte en una insospechada heroína-salvadora mediática, modelo ejemplar de incondicionalidad materna disponible para ser entrevistada en talk-shows prime de fin de semana.

Kidnap es una historia que en su persecución resulta entretenida pero que termina siendo genérica, vaga, poco verosímil respecto del contexto en el sustenta su desarrollo argumental y demasiado ramplona en su profundización de los límites de la incondicionalidad materna que en algún momento enarbola.

Desaparecido (Kidnap) (2017, 95 mins.) Estados Unidos, Luis Prieto.
Hale Berry, Sage Correa, Chris McGinn

 

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