Abre/Mirada: Las otras memorias.

La joven directora Lissette Orozco estuvo casi 7 años filmando a su tía Chani, la mujer a la que adoraba y admiraba de niña, hasta convencerse de su verdadera identidad en el documental autobiográfico El Pacto de Adriana (2016). En el doloroso proceso en que descubre que su tía Adriana fue secretaria de Manuel Contreras y una de las más crueles mujeres agentes de la DINA, Orozco va constatando la vigencia de los pactos de silencio de los agentes civiles y militares de la dictadura y justificando por qué el cine político chileno sigue concentrado en un hecho ocurrido hace ya casi 44 años.

No es casual que jóvenes realizadores como Andrés Lübbert (El color del camaleón, 2017), Sebastián Moreno (con su trilogía de la dictadura, que terminó con Guerrero, 2017) y la propia Lissette con el Pacto de Adriana (2017) en los últimos años hayan revisado los efectos transgeneracionales de la dictadura a partir del género documental, representando la -hasta ahora ausente- mirada desde las otras memorias: las de los niños/as, hijos/as, sobrinos/as o nietos/as que hasta hoy ven marcadas sus vidas por el golpe militar. En una generación distinta y desde la ficción, Gonzalo Justiniano también recurrió a ese tópico con Cabros de mierda (2017), recuperando y utilizando imágenes filmadas por él en la población La Victoria en 1983 (que le habían sido incautadas por la CNI).

Ya pasadas más de cuatro décadas del quiebre democrático, a estos jóvenes documentalistas  podría pedírseles que refresquen el cine político chileno con temas distintos a la dictadura. Pero seguramente no están en condiciones ni quieran hacerlo, porque sus biografías aún tienen temas pendientes con la historia y con la reconstrucción de su propia memoria (tal como Chile) y su aporte renovado tiene que ver con visibilizar estas otras memorias.

Tanto Orozco como Lübbert han tenido que reformular la imagen que tenían de su tía-casi-madre y de su padre, respectivamente, tras descubrir dolorosamente a través de la investigación de sus proyectos cinematográficos-aubiográficos quiénes son en realidad sus familiares. Revisiones como las que hemos hecho como país, remirando el proceso de transición (que a veces parece inconclusa, aunque en términos de régimen político haya terminado), cuestionando la “justicia en la medida de lo posible” de los noventa y el modelo económico y político después de ser los mejores alumnos de América Latina en los noventa.

En El Pacto de Adriana los pactos de silencio siguen vivos, a pesar de los años. Aunque más de 200 testigos señalaron en distintos juicios por violaciones a los derechos humanos que torturó en dictadura y está formalizada por secuestro y asesinato, la tía Chani asegura a su sobrina que es inocente, que nunca estuvo en la Brigada Lautaro y que la confunden con otra agente.

Adriana cumple fielmente el “pacto de silencio” de quienes cometieron violaciones a los derechos humanos tan horrendos, que resultan inconfesables, como explica en el documental el psiquiatra Marco Antonio de la Parra. A medida que filma a su tía, Lissette va conociendo quién es en realidad una de las más crueles agentes de la DINA y armando los fragmentos de su memoria desde el dolor.

Cambio de color

En El color del camaleón (Andrés Lübbert, 2017) es la segunda generación la que sufre las consecuencias de la dictadura, cuando es el hijo/director el que va construyendo un relato sobre la historia de un padre casi desconocido y distante, que se va descubriendo desde el lado oscuro y es capaz de cambiar de color de un lado a otro del espectro político.

¿Es Jorge Lubbert, el padre de Andrés, una víctima de la dictadura al ser obligado a trabajar para la DINA en dictadura durante un año, bajo amenaza de matar a su familia? ¿O es acaso un victimario, integrante de un grupo secreto de la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC), donde realizó un entrenamiento en manejo de armas y tortura? El camino hacia la verdad y el reconocimiento identitario de un joven nacido en Alemania, hijo de padre chileno, que se hizo cineasta y aprendió a hablar castellano para tratar de entender a quien luego de múltiples exilios se dedicó a cubrir conflictos y guerras, es la principal conquista que alcanza Andrés Lübbert en este cruce entre historia personal y colectiva.

Lübbert estuvo 15 años investigando para reconstruir la historia de su padre y, en el caso de Manuel Guerrero, pasaron 7 años desde que Sebastián Moreno comenzara a filmar su historia hasta concluir Guerrero (2017), que fue exhibido en el circuito de salas Miradoc y es la última parte de la trilogía sobre la dictadura del director de La ciudad de los fotógrafos. Manuel también es parte de la segunda generación que sufrió las consecuencias de la dictadura, pero él vivió en carne propia el exilio y la persecución, siendo apenas un niño. Cuando degollaron a su padre junto a Parada y Nattino, Manuel tenía 14 años y decidió tomar su lugar en la lucha contra la dictadura, convirtiéndose en un adulto en plena juventud. Con material de archivos históricos y recuerdos familiares y locaciones en Santiago, Budapest, Moscú y Berlín, Guerrero revisita la historia no sólo de un dirigente estudiantil, sino también la de un país completo en una época que no debe repetirse nunca más.-

Marisol Aguila Bettancourt

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