La memoria de mi padre: Masculinidades revisadas

En la primera edición del Festival de Cine de Rancagua (FECIRA) -que durante casi una semana puso al alcance del público rancagüino largometrajes extranjeros estrenados durante este año en festivales internacionales, películas nacionales y argentinas-, fue el público el que eligió a la ópera prima de Rodrigo Bacigalupo “La memoria de mi padre” como la Mejor Película de la Competencia de Largometrajes Chilenos.

Fue en FECIRA donde el octogenario actor de reconocida trayectoria, Tomás Vidiella, que en la película hace una notable interpretación de un adulto mayor con alzeihmer y que por estos días realiza la obra “Viejos de mierda”, por fin pudo estar presente en la proyección de la película y recibir un premio por ella, cuestión que no pudo hacer cuando junto con Jaime McManus (que interpreta a su hijo Alfonso) ganaron el galardón a la Mejor Actuación en Sanfic 2017. Vidiella y McManus ya habían trabajado como padre e hijo en 2001 en la obra “Largo viaje de un día hacia la noche” y en Rancagua por primera vez pudieron estar juntos en la exhibición de la película en salas.

La votación del público rancagüino reflejó la conexión con la película que se produjo en las salas durante las proyecciones del FECIRA. Durante los encuentros del director con los asistentes, fueron varias las personas que comentaron que se sentían identificadas con lo que veían en pantalla, porque habían tenido que hacerse cargo de sus padres enfermos. Particularmente emotivo fue el testimonio de una mujer rancagüina, que en sus cuarenta años de vida jamás había asistido a una función de cine, justamente porque debió dedicarse a cuidar a su madre.

Probablemente la ópera prima de Rodrigo Bacigalupe que tardó siete años en estrenarse, no innove en la forma clásica de hacer cine ni en el esperable proceso que puede darse cuando un hijo debe hacerse cargo de su viejo padre que tiene una enfermedad mental. Alfonso (Jaime MacManus), un guionista con dificultades para vincularse afectivamente, se ve obligado a cuidar a Jesús (Tomás Vidiella) y en el camino lo confronta, lo cuestiona como padre, le reclama falta de apoyo hasta que, reconociendo la debilidad de la vejez, se reconcilia con él y, de algún modo, lo perdona, cerrando el proceso emocional antes de que muera.

Su aporte en realidad se ubica en una capa distinta, en la revisión crítica de la identidad masculina y su vinculación con el mundo afectivo. Reflexión posiblemente inspirada en el propio camino espiritual desde la filosofía del Tao Zen (con su idea del combate consigo mismo, vivir en conciencia y necesidad de autoconocimiento) del director, cuyo maestro fue uno de sus invitados en la premiere de la película, que considera que los hombres se mueven en los afectos con torpeza y que la vida les pasa por delante.

Desde esa lectura, el alzeihmer de Jesús es apenas una excusa de Bacigalupe para adentrarse en las relaciones afectivas entre los hombres de una familia (abuelo-hijo-nieto), la identidad masculina construida principalmente desde el trabajo, la competencia que establecen entre unos y otros, los roles de género tradicionales, su paternidad distante, su falta de compromiso con las mujeres.

El cuidado de otros

La concepción tradicional y hegemónica de la masculinidad es hoy una categoría en revisión, en que las viejas formas de entender lo que es ser hombre, padre o pareja han sufrido un fuerte cuestionamiento, aunque más desde la perspectiva de género que como una reflexión de los propios varones. Algunos hombres sienten cierta incomodidad, que puede manifestarse en agresividad, por el cambio en los roles que han debido enfrentar desde la incorporación de la mujer al mundo público y del trabajo (se quedaron sin libreto), mientras otros –los más jóvenes- ven una oportunidad de conectarse con el mundo de los afectos en la invitación/exigencia que les hacen las mujeres a participar en el ámbito privado, el de la reproducción y crianza de los hijos e hijas, desde la corresponsabilidad.

El rol de cuidado de otros tradicionalmente ha quedado reservado a las mujeres de las familias, que deben dejar en paréntesis sus propias vidas para dedicarse a maridos, padres, madres, hijos u otras personas cuando éstos enferman o necesitan ayuda, multiplicando sus responsabilidades al interior del hogar, lo que muchas veces termina afectando su propia salud mental. En “La memoria de mi padre” es la hija la que se ha encargado de Jesús desde que su esposa murió, asumiendo dolorosamente lo hiriente, agresivo e insoportable que es el viejo. Tan “natural” se asume que el cuidar a otros es un asunto de mujeres, que cuando su hermana (representada por una argentina que no ofrece coherencia a la historia) le informa a Alfonso que no hay quién cuide a su papá en las noches porque ella se irá de viaje, éste le responde: ¿y qué vas a hacer?, como si el padre y el problema fueran sólo de ella. La película de Bacigalupe cambia el foco desde las mujeres que cuidan, hacia los hombres que también pueden hacerlo, con todas las consecuencias que ello implica en sus propias vidas.

Pater familia

Tomás Vidiella realiza una muy bien lograda interpretación de Jesús, un pater familia de tomo y lomo que, como suele pasar en la tercera edad, en su vejez incrementa y agudiza las características propias de su personalidad, como la prepotencia, la soberbia y la agresividad. A través de la negación, este vívido representante de la vieja masculinidad evita enfrentarse al dolor de haber perdido a su esposa hace apenas un par de meses: se ha inventado a sí mismo que Ester (que murió de cáncer recientemente) sigue en un hospital inexistente de El Quisco, donde la familia tiene una casa de veraneo. Durante el tiempo que su hijo Alfonso aloja en su casa para cuidarlo en el turno de noche después que la persona que lo atiende en el día se va, el anciano hará permanente referencia a su mujer y retrocederá a los tiempos en que la conoció.

La porfía y el “yo puedo solo” son reacciones típicas de Jesús que inicialmente se resiste a la ayuda de su hijo en este período de su vida en que, a pesar suyo, la necesita, porque olvida las cosas, se despierta a las 4 de la mañana con la intención de ir a trabajar o escapa de la casa en plena noche para esperar un bus que lo lleve a donde supuestamente está su esposa.

A Jesús el trabajo se le presenta como una inquietud en sus desvaríos, porque construyó su identidad masculina en base a él, como la mayoría de los hombres que antes que cualquier otro rol, se definen a sí mismos como trabajadores: integrantes del ámbito público, aportadores a la producción y las ideas, los que nombran y construyen el mundo, proveedores de las necesidades materiales de sus familias, con toda la presión que ello implica. Y a su hijo Alfonso, es también en el mundo laboral donde enfrenta una tensión propia de “machos” que compiten entre sí por imponer sus ideas, en que su insoportable jefe (que le sugiere que se lleve su cama y se vaya a vivir a la oficina para que trabaje más) impone criterios comerciales a la creatividad que propone el guionista.

A diferencia de lo que pudiera pensarse en una primera impresión, Alfonso no necesariamente es un hombre problemático o que representa una excepción, porque está distante de su propio hijo y de su padre y es incapaz de establecer una relación amorosa con una mujer dispuesta a ofrecerle su afecto. Alfonso simplemente es representativo de un modelo mayoritario de hombre torpe en sus afectos, que a medida que va reencontrándose con su padre va mirando a su niño interior, ése al que no le estaba permitido mostrar sus sentimientos porque los hombres no lloran. “La memoria de mi padre” es un viaje a los recovecos afectivos y amorosos de dos hombres en distintos roles, situaciones y etapas de su vida que se re-conocen y re-concilian con su memoria, aunque uno de ellos la pierde todo el tiempo.-

Ficha técnica:

Dirección y guión: Rodrigo Bacigalupe.

Elenco: Tomás Vidiella, Jaime Mc Manus.

Montaje: Rodrigo Bacigalupe, Luis La Rivera.

La memoria de mi padre

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