Reseña: El pacto de Adriana: La sangre me tira

Hace un siglo, el registro fotográfico tenía un uso específico. La acción de fotografiar objetos, espacios o situaciones implicaba la posibilidad real de dar cuenta de su presencia. Ya no era solo el reporte oral de lo que se veía, o su representación pictórica, sino que, por fin, existía la posibilidad de dejar una evidencia concreta de aquello que se vio. Hacerlo evidente.

La función de las fotografías –y cuánto más, de los videos– de constituir evidencias de las cosas revolucionó el modo como nos relacionamos con los objetos y las experiencias, redefinió muchas disciplinas que acomodaron sus procesos a esta posibilidad impensada (toda la policía y sus pericias descansa en la evidencia) y desencadenó efectos que repercuten todos los días en casi todas nuestras existencias cotidianas. Todas las cámaras en teléfonos, las fotos en las redes y los videos en Youtube no son otra cosa que testimonios concretos de la experiencia: documentos de lo real. Es importante no perder de vista esta facultad del audiovisual para acercarse a El pacto de Adriana.

Lissette, la realizadora, vive en un núcleo familiar principalmente compuesto por mujeres: todas son sus abuelas, madres, tías y hermanas. Es interesante y novedoso que la historia que nos cuentan tenga a las mujeres y sus roles históricos en el centro. Orozco filma el crepúsculo gradual de deterioro de su abuela y las entrevistas que ella misma realiza a sus familiares. Con esto, no sólo hace justicia a una constelación familiar habitual pero periférica en la historiografía o el documental nacional, sino que también la coloca a reflexionar tensionando el lugar del protagonismo femenino latinoamericano en las reivindicaciones y apropiaciones en torno a la recuperación de la memoria histórica.

Ahora bien, dentro de ese núcleo privado y fraterno, existe una mujer que vive en Australia y que, para la niña Lissette, reviste total admiración. Viaja regularmente al país y la agasaja con regalos irresistibles de un lugar lejano. Lissette se siente querida, considerada y orgullosa de su tía itinerante. Un día, en uno de esos tantos viajes de visita, su tía querida es detenida en el aeropuerto. Lissette todavía no comprende mucho cómo es que, a partir de este incidente trágico, se abre en su familia la caja de Pandora.

El pacto de Adriana es un relato a corazón abierto del esfuerzo que hace Lissette por entender no sólo el incidente de su tía presa, sino que también de la necesidad impostergable de tener que verse obligada a escudriñar en las razones que lo justifican. Su tía es nada menos que Adriana Elcira Rivas González, la Chani, secretaria del Ministerio de Defensa, funcionaria cercana a Manuel Contreras  y agente de la Brigada Lautaro, subdivisión represiva especializada de la Dirección Nacional de Inteligencia, DINA. Cabe señalar que en la actualidad su nombre, al menos en Google, está asociado con tortura, represión y exterminio.

La narración recorre un trayecto que va desde la imputación de Chani, su posterior fuga a Australia, y la solicitud de extradición que gestiona el gobierno de Chile para poder sentenciarla en el país. Mientras tanto, Lissette literalmente se sumerge en los intersticios de una historia que le pertenece y que le explota en la cara, pero que nunca se preocuparon de transmitirle. En calidad de sobrina, se transforma en observadora inesperada de marchas de apoyo y repudio al Dictador, investigadora estudiosa de antecedentes relativos a la presencia de Chani en la DINA, entrevistadora casual de participantes directos e indirectos de los acontecimientos que se le imputan y, fundamentalmente,  confidente a larga distancia de los secretos de su tía prófuga.

Lissette coloca la cámara a lo largo de todo el proceso, y es ahí donde la filmación en sí constituye una especie de tabula rasa que opera sirviendo a los intereses de quien la utiliza. El pacto de Adriana tiene muchos atributos, y quizá el más importante tenga que ver con esa operación: lo que para Lissette es un esfuerzo corajudo y doloroso por reconstruir su historia con los escombros que va encontrando, para su tía es la posibilidad de poder contextualizar su lugar en esa circunstancia. El tema es que el tono de la narración no deja de sugerir que también para la Chani aparece un esfuerzo premeditado (o quizá inconsciente) por articular una defensa.

La cámara es un dispositivo cuyo uso se define por la voluntad de quien es filmado. Intuimos que la Chani visualiza en ese esfuerzo de su sobrina la posibilidad de construir una evidencia que necesita, un medio perfecto para hacer evidente aquello que sólo es coartada. Lissette no es ingenua respecto de esa posibilidad, y todo su tránsito documental la lleva a desarrollar una posición personal lúcida pero también desconcertada frente a la inminente emergencia de la condición de su tía, una mujer atribulada, sollozante y estupefacta ante la envergadura de los hechos en los que constantemente niega haber tomado parte. Lissette dota al documental de operaciones formales que la colocan a ella frente a la imagen de la Chani, o a ella de testigo frente a la conversación que ella posibilita a través de Skype: ella filma pero también es la cámara, el medio a través del cual las imputadas discuten los pormenores de aquello que sucedió y que deben volver a consensuar para librarse de toda culpa. Hay en el fondo de todo esto una dimensión emotivamente dolorosa y apabullante por reconstruir una historia personal pero que también colisiona con los esfuerzos de su tía por rearmar la propia. Lo que torna a El pacto de Adriana una experiencia demoledora y aleccionadora sobre los fantasmas de una generación valerosa que necesita purgar aquella herecia de lo que, para ellos, no tiene nombre.

El pacto de Adriana (2017, 96 mins.) Lissette Orozco, Chile.