Reseña: Thor: Ragnarok – Dioses de cartulina

El motivo más desconcertante que gatilló, aquél 7 de Enero de 2015, el atentado contra las dependencias de la revista satírica Charlie Hebdo en Paris, tuvo que ver fundamentalmente con la sucesión de caricaturas que la revista estaba presentando en sus últimos números. El semanario fue capaz de incluir, en sus ediciones recientes, referencias satíricas a la sharia (código moral del Islam) junto con ilustraciones de su principal profeta, Mahoma. La repercusión pública de la apuesta fue de una irreverencia flagrante, aun controversial. Precisamente porque la caracterización de Mahoma suele considerarse, entre la feligresía musulmana, una especie de tabú. Producto de una convención censora que prohíbe cualquier forma de representación pictórica: por ser una forma sacrílega de idolatría. La lógica de la proscripción es, en principio, bastante sensata: porque una pintura o dibujo de Mahoma no sería nada más que una vil representación. Por lo tanto, adorarla implicaría, en estricto rigor, no adorarlo a él sino que a un sucedáneo ilegítimo. En este sentido, burlarse del profeta con caricaturas ridículas que se atrevían a presentarlo desnudo no sólo es ofensivo, sino que corrompe un mandato sagrado. Una ley divina que cuando se contraviene debe ser defendida, por aquellos que se precian de servidores legítimos, a rajatabla.  Sin importar las consecuencias.

Taika Waititi, antes de ser maorí, neozelandés o director de cine, es comediante. Cuestión central si pensamos en What we do in the shadows (2014) acaso su película más masiva. Su valor tiene que ver con proponer un ejercicio de libertad creativa en donde se permite, con total descaro, subvertir las convenciones habituales del género vampírico. Caracterizado, entre otras cosas, por encontrarse atascado en la lógica asfixiante del miedo como única estrategia de captación de audiencia. A partir de la puesta en escena de un mockumentary que escudriña en la convivencia doméstica y transgeneracional de cuatro vampiros venidos a menos, el director desarrolla una intuición muy novedosa, que podría no estar a la altura de la idea que la sustenta. Pero que logra, con total desparpajo, reflexionar respecto de los conflictos cotidianos que separan tanto generacional como interculturalmente a los sujetos. A partir de vampiros variopintos que deben acomodarse a convivir en armonía, Waititi traza un fresco multicultural (incluso étnico) audaz y muy contemporáneo.

Guardando las proporciones, el realizador –de la misma manera que el ilustrador más desvergonzado que alguna vez colaboró con Charlie Hebdo– es capaz de desarrollar una versión cómica punzante y desacralizada, que alterna con dosis notables y necesarias de iconoclastia. Cuando su cámara se permite jugar con el imaginario vampírico a través de esa cotidianidad rústica, anquilosada y pueril, logra deconstruir a un personaje asociado de manera irreductible y definitiva al imaginario majestuoso que inaugura Bram Stoker en Drácula. El vampiro como ser tétrico, siniestro y sombrío a la vez que denso, majestuoso y siempre grave. Sagrado, solemne y, por cierto, muy serio: quizá demasiado serio como para tomárselo en serio.

Podría rastrearse que la idea de los productores de Thor: Ragnarok (2017) de encomendar esta película a Waititi tiene un poco de esto: no sólo es continuar con la senda –muy rentable, por lo demás– de apuestas como Deadpool (2016) o Guardians of the Galaxy (2014), sino que también es dar continuidad a la tendencia que destituye del héroe a través de la exhibición de su idiotez más cotidiana. Que podría ser justamente la mejor manera de sintonizar con una audiencia demandante pero desencantada de una franquicia que lleva demasiado tiempo exprimiendo las ideas manoseadas acerca de la fábula oscura del sujeto atormentado o la gesta épica del héroe victorioso. En este caso, Thor Ragnarok extiende los confines de su epopeya al infinito y más allá. Movimiento que no es extraño entre héroes que, batalla tras batalla, se vuelven excesivamente invencibles. Al punto que se quedan sin mundo que salvar.  El mismísimo Gokú –o quienes se encargan de inventarle historias– llega a un punto en el cual, quedándose sin enemigos con quien pelear, debe buscárselos más allá de su propia vida. Porque siempre hay pelea en esa vida después de la muerte.

La aventura que nos convoca tiene que ver con la posibilidad de salvación de Asgard previo a la arremetida del Ragnarok, batalla mitológica muy semejante al Apocalipsis que supone la inevitable destrucción del Universo. Esta vez Thor (Chris Hemsworth) y Loki (Tom Hiddleston) deben arreglárselas para salvar su reino de las garras de Hela, primogénita de Odín y Diosa de la Muerte que regresa en gloria y majestad para ejecutar la Aniquilación de todo lo conocido. Durante la primera gran diputa entre estos tres dioses, Thor y Loki son enviados a una especie de planeta post-punk, Sakaar. Allí, Thor es esclavizado y confinado a disputar, cual Espartaco, sucesivas luchas vida o muerte en una arena para festín de una audiencia extraterrestre, febril y hambrienta de violencia. La historia es barroca, espacial y pirotécnica: digna de una space-opera que, afortunadamente, tampoco se cree mucho su trama. Lo interesante aquí más allá de la combinación entre esa relectura de la Mitología Nórdica centrifugada con Éxodo Bíblico, crossover marketeado para saciar el apetito del fan acérrimo o pantomima tramposa de Física Cuántica, es su capacidad de asumirse dignamente como un producto destinado al divertimento, que se encarga de generar entretención principalmente superflua pero siempre trepidante. Pero que, de paso, deja entrever una perspectiva narrativa que desacraliza al último de los superhombres que nos quedaban: el Héroe-Dios.

Podríamos decir que el Súper Héroe de consumo masivo podría ser el último súper hombre en una época de demasiada escasez de relatos que los contengan. Lo cual podría sonar desalentador si atendemos a la orfandad a la que esto nos somete: los dioses nos abandonaron. Pero que también se vuelve atractivo si pensamos en que las ficciones actuales que los proponen comienzan a inaugurar una relectura que tiene algo de Charlie Hebdo: una representación heroica desprovista de una épica solemne pero empaquetada. Más real, por irónico que suene. Thor, Dios del Trueno, en este sentido, se nos presenta como el perfecto personaje para llevar a cabo esta tarea tan actual: precisamente porque es el perfecto súper hombre. Nada más ni nada menos que un hombre que no es hombre sino que Dios. Un Dios que, en su ridiculez, se sabe desnudo.

Thor Ragnarok (2017, 130 mins.) Taika Waititi, Estados Unidos.
Chris Hemsworth, Tom hiddleston, Mark Ruffalo, Cate Blanchet, Anthony Hopkins.

 

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