Reseña: Asesinato en el Expreso de Oriente – Expiación, deseo y pecado

Hay una cuestión que se asoma cuando se piensa en esta última versión de Asesinato en el expreso de Oriente ¿Por qué otro remake más? Dicha pregunta, a todas luces, puede responderse en virtud de la calidad inigualable de la fuente que la inspira: en este caso, la novela homónima de Agatha Christie de 1934. Pero también, de la misma manera que cualquier reedición teatral de cualquier Romeo y Julieta o La tempestad va actualizando las preguntas que les dan forma, parecieran haber temáticas que nunca debiesen pasar de moda: porque hablan de cosas que no van a dejar de pasar. Y que quizá nunca tengan que hacerlo. Veamos.

La narración nos presenta a Hercules Poirot (Kenneth Branagh, protagonista y director), un célebre y hedonista detective belga que además de presentarse muy refinado, concienzudo y perfeccionista, resulta ser un asiduo lector de Dickens. Es un sujeto que tiene la virtud de poder visualizar en su cabeza un mundo ideal que le permite identificar, a partir de esa misma facultad única, las fallas con las que la realidad nos engaña. Esto es importante: Poirot es un personaje que tiene el atributo de acomodar, en su cabeza, al mundo, a como nos gustaría que ese mundo fuera. La expectativa es una plantilla que le permite encontrar las imperfecciones que los sujetos, erráticos sin saberlo, dejan a su paso.

Al inicio del metraje, el protagonista se encuentra de paso en Jerusalén, en el medio de un caso a resolver: debe esclarecer lo que sucedió con una reliquia sustraída de un museo antiguo. Es interesante que este prólogo, que nos introduce al modus operandi del detective, tenga como telón de fondo al Muro de los Lamentos y como protagonistas a tres representantes de las jerarquías religiosas. Porque claro, el imán, el rabino y el sacerdote son sindicados como posibles sospechosos. Pareciera que a través de la reconstrucción que hace Poirot, Kenneth Branagh, el director, nos presentara el crisol de la religiosidad y el modo como conviven en un contexto que las coloca en conflicto. De todas maneras, el entuerto –siempre resuelto con audacia e ingenio, por lo demás- sólo es la puerta de entrada al plato principal.

Por motivos que lo fuerzan a abandonar sus vacaciones en Estambul, Poirot debe viajar en el Expreso de Oriente –propiedad de un amigo cercano– para llegar lo antes posible a Londres, donde lo espera otro caso por resolver. Dentro del ferrocarril, debe compartir estancia con una fauna de personajes variopintos y heterogéneos: en profesiones, edades y nacionalidades. Todos, al fin y al cabo, singulares. Branagh se obstina en la construcción de lo heterogéneo, tributando a la fuente original, temática y estéticamente. Al mismo tiempo, dota al Expreso de un aura románticamente sofisticada, más estridente y pretenciosa que lo que vemos, por ejemplo, en el mismo filme de 1974.

Uno de los pasajeros del Expreso, Ratchett (Johnny Deep), de apariencia huraña y gangsteril, trafica arte y teme por su vida. En consecuencia, busca contratar al detective para proteger sus espaldas. El tema es que Poirot, quizá incomodado por la impresión moral que se hace del sujeto, se niega.  Al día siguiente, su asesinato impune lo descoloca. Tenemos ahí la fórmula perfecta: un poco de culpa, muchos personajes diversos y misteriosos, una muerte indiscriminada e impune. Un misterio que resolver.

Los alcances –morales, jurídicos, personales y relacionales– de la novela de Christie siguen siendo insospechados y hasta cierto punto insondables. Porque Asesinato en el Expreso de Oriente es una novela criminal pero que extiende con maestría los alcances de su género. Interpela a la noción consensuada y oficial de justicia, escudriña en los alcances de la venganza y borronea los límites morales que toda culpabilidad encierra.

En el fondo, torna complejo e intrincado lo que siempre nos llega como aparentemente sencillo. La prerrogativa de culpar, juzgar y dirimir resulta de procedimientos que están destinados y otorgados a quienes cuentan con la neutralidad, aparente, para ejecutarlos. Aquí Poirot es fiscal, juez y parte. Todo a la vez.

En este sentido, el largometraje de Branagh cumple con el objetivo de transmitir parte de esta complejidad temática y moral a un formato cinematográfico que, si bien no engrandece a la novela que la inspira, le rinde un justo tributo. Pareciera que la misma película evidencia lo inabarcable de la historia que representa. En ocasiones, su empeño en lo coral o en los pasajes estilizados de Oriente Medio se sienten como postales de viaje, ornamentos tan asépticos como aquellas cadenas montañosas –armadas en post-producción– que alternan con el desarrollo de lo sucedido dentro del Expreso. O que quizá no hacen tanta justicia a una trama que funciona como reloj y que encuentra en su desenlace final, cuando todo tiende a encajar, una reflexión que cierra el ciclo con destreza. Asesinato en el Expreso de Oriente llega a ser un buen filme, pero con una historia que no cabe dentro de su película.

Asesinato en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express) (2017, 116 ins.) Kenneth Branagh, Estados Unidos.

Kenneth Branagh, Judi Dench, Johnny Deep, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Michelle Pfeifer.

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