Reseña: Suburbicon – El pasto del vecino siempre es más verde

La hipótesis del enemigo interno fue un célebre subterfugio que le permitió a Estados Unidos justificar y controlar el monopolio de las formas como se entendían las amenazas al interior de los países latinoamericanos durante la Guerra Fría. Principalmente, tenía que ver con oponerse –si aplicaba, incluso militarmente– a todo lo que tuviera forma u olor a Comunismo Internacional. Imaginar la influencia que aquella ideología perversa  podría tener implicaría, más temprano que tarde, el Apocalipsis en la Tierra. En Suburbicon la estrategia atemorizante es muy parecida, aunque no así el monstruo del que cuidarse: porque siempre hay precaución y prudencia pero luego sospecha y temor en los testimonios televisados de ciudadanos que rasgan vestiduras ante la posibilidad de que los afroamericanos conpartan, con ellos, un espacio compartido.

En este sentido, la película desarrolla dos lecturas, una de la cual sirve de contexto a la otra. La primera es la historia de un niño, Nicky (Noah Jupe) hijo de un matrimonio blanco e irlandés, perteneciente a la Iglesia Católica Espiscopal. Nicky tiene una familia convencional, un padre con una jefatura en un trabajo estable y una madre en silla de ruedas por efecto de un accidente automovilístico. Tiene, también, dos tíos, hermanos de su madre: uno es gordo, soltero y bonachón, y la otra es frágil, tradicional y gemela: completamente idéntica a su madre. Viven en Suburbicon, y les toca la ingrata coincidencia de vivir en una casa que colinda a la de una familia de afroamericanos. Estos últimos organizan la segunda trama, precisamente porque su arremetida altera la convivencia pacífica y paradisíaca que promete la publicidad del barrio que inunda el plano al principio del metraje. Porque el imaginario que Suburbicon promete en su publicidad para atraer residentes tiene mucho del marketing inmobiliario contemporáneo mezclado con el aura impoluta del imaginario familiar Nixon. A menudo también rememora a esas casitas homogéneas y colorinches que Tim Burton construyó en Edward Scissorshands (1990). Es y busca ser un Paraíso hecho barrio. Por lo tanto, cualquier intromisión perturbadora de ese orden intentará ser neutralizada de inmediato. Porque convivir con afroamericanos, en tiempos de segregación proscrita pero latente, es exponerse al peligro inminente de vivir entre la falta de civilidad y la incertidumbre barbárica que esos sujetos representan. Y terminar irremediablemente mezclados.

El último filme de George Clooney (un actor reputado que también dirige) desarrolla una trama de suspenso que se ampara en un guión de los hermanos Cohen que en ningún momento del metraje recuerda a otra cosa que no sea dicha marca de fábrica. En efecto, Joen & Ethan Cohen han consolidado un universo sin parangón, un mosaico satírico que retrata las desventuras propias de una sociedad norteamericana clasemediera, enrarecida, quimérica y siempre –pero siempre– errática.

Los ingredientes de su universo se constatan en cada plano y en cada línea de diálogo. Porque los personajes sueñan mucho, urden complots y añoran en cada momento un resultado que nunca les pertenece porque siempre estará inscrito en ellos un destino frustrado. En este sentido, Suburbicon tiene mucho de esa institución legendaria del suspenso neo-noir que es Fargo (1996), una película demasiado referenciada, casi mitológica, que se ha dado el lujo de correr los límites de su universo abriéndose hacia, por ejemplo, tres temporadas de una serie que lleva su nombre. Como en la mentada Fargo, Barton Fink, Burn After Reading o The Big Lebowski, en Suburbicon los personajes tienen planes que ejecutan, pero los llevan a cabo con cierta ingenuidad pendenciera, convencidos de que la fe ciega en los beneficios de su desenlace bastara para sostenerlos en pie. A ellos, a sus métodos y al resultado que buscan conseguir.

En este sentido, Clonney elabora un film de suspenso eficiente en su ejecución y aplicadísimo en el arte de traducir a lenguaje visual el universo Cohen en el que se inspira. El tema es que su ejecución pulcra, paradójicamente, no lo logra consagrar. Ya que al dejarse llevar por un guión de gran factura, se permite terminar una película correcta pero no sobresaliente. Por lo tanto, es probable que el peso que Clooney le endosa al mismo guión lo fuerza a colocar demasiado énfasis a la historia noir dentro de su película, que no es otra cosa que el intento de Nicky por sobrevivir a un universo racializado que de paradisíaco sólo tiene su publicidad.

En este caso, la eficiencia de su pericia narrativa y de montaje no exponen en su plenitud la historia que también importa: el relato paralelo de la familia afrodescendiente que debe lidiar con el amargo y eterno infortunio de encontrarse donde está.

Cuando Clooney hace zapping y nos sintoniza con esa otra historia, lo hace con cautela, lucidez, elocuencia y sorpresa. Mientras todo pasa puertas adentro –y el realizador se preocupa de documentarlo a través de la peripecia familiar de Nicky– puertas afuera se sucede un asedio angustiante y novedoso al que la cámara de Clooney solo se contenta con atisbar. En Suburbicon nunca ambas historias se logran balancear. Ahí, quizá, está su fisura: cuando decide perder de vista ese otro punto de vista, demasiado alejado del universo que tan majaderamente se preocupa de no defraudar.

Suburbicon: bienvenidos al paraíso (Suburbicon) (2017, 105 mins.) George Clooney, Estados Unidos.

Matt Damon, Julianne Moore, Oscar Isaac, Glenn Fleschler, Noah Jupe.

suburbicon

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