Reseña: Darkest hour – La habitación del pánico

Hay un ensayo –que en realidad nació como una conferencia– que Max Weber, sociólogo, llamó La política como vocación. Es un librito clásico, muy convincente, no tan sencillo y tiene (casi) un siglo. Dice muchas cosas, aunque repara en un punto sugerente. Dice Weber  que la dominación válida de un Estado puede descansar en tres atributos: Uno dado por la tradición, otro por vía legal y un tercero, curiosamente, por el carisma. Que no sería otra cosa que la simpatía que genera, para la población, las cualidades personales de un líder. Entonces ser carismático, querible, simpático o cercano no sería un capricho espontáneo o un accidente del aspirante a político, sino que una parte central de aquello que lo hace dignatario de su cargo. El Winston Churchill (Gary Oldman) que vemos en The Darkest Hour, por su parte, se lamenta muchas veces ante sus colegas por ser un tipo, ante todo, bastante agrio. Un político improvisado y errático que no cae bien la gente.

Vemos entonces a ese viejecito malhumorado que habla extraño como un tipo molesto e impredecible. Trasnochado, descortés y arrebatado. Todo lo que no inspira, justamente, simpatía. Es interesante, entonces, que el arco dramático del protagonista no modifique en rasgo alguno su fisonomía desagradable, sino que aquello que inspira la identificación y empatía al espectador no tenga que ver con eso, sino con lo que a la larga aparecerá como su mayor destreza: saber, de una manera muy intuitiva, cuándo y con qué tono decir lo que le corresponde y lo que no. Este es un personaje que no agrada ni deslumbra, sino que convence porque persuade.

Precisamente el Churchill que filma Joe Wright, entregado a la profundidad abrumadora y pantanosa de la encrucijada personal que atraviesa, es, quizás, lo que mejor reluce en este biopic tradicional, clasicista y acompasado. Pero de un fervor argumentativo apasionante.

La trama presenta una excusa que es digna de thriller: En mayo de 1940, Neville Chamberlain (Ronald Pickup) es destituido como Primer Ministro británico, a propósito de una gestión negligente y timorata al mando de un Imperio de Ultramar que debe manejarse con astucia y sin titubeos. Cuando a pocos kilómetros la Alemania nazi alcanza Bélgica y, de paso, amenaza la frontera francesa, el temor británico al acercamiento progresivo augura también la fatalidad inevitable de verse, finalmente, demasiado expuestos. Mientras tanto, Hitler y secuaces controlan, subyugan, asolan y arrasan con Europa.

Churchill es un candidato para la sucesión, pero también es un sujeto cuya perspicacia no lo salvó, en su momento, de cometer un error estratégico. Además, es resistido por la oposición y algunos grupos dentro del mismo partido por errático pero también por freak: alcoholizado, verborreico y nicotínico, no es precisamente un candidato que, se espera, pueda alejar a Inglaterra del despeñadero.

En este sentido, la cronología del filme se interesa por documentar el ascenso, punto de inflexión y desenlace de una encrucijada que, nos dicen, cambió para siempre esa presunción de destino fatal a la que se aproximaba la Humanidad completa. A propósito de esa lectura y de quien la lidera, la película juega con algunos recursos un poco manoseados de construcción de personaje para caracterizar a un sujeto entrado en años, hostigador y muy mañoso, pero tocado con la una genialidad un tanto caótica de torcer el mismo destino. Quizá sea la repetida frecuencia con que el Primer Ministro Británico ha sido representado en la pantalla (el John Lithgow de The Crown funciona como último caso), pero las excentricidades no sorprenden tanto como pudiera pretenderse.

Los aciertos, que los hay, vienen desde dos ejes decisivos en los que se apuntala la cinta. Y que giran alrededor de la figura intempestiva, estratosférica, omnipresente que construye la interpretación de un Gary Oldman consagrado que, huelga decirlo, se acerca al Olimpo si es que ya no habita ahí. Desde el vozarrón disidente más furibundo a la muletilla corporal más estereotipada, Oldman no se interesa en el Churchill real (como podría criticarse pensando en cierta intención imitativa del personaje), sino que apuesta a aproximarse, con justicia, al Churchill ideal.

En segundo lugar, no sólo es Churchill, sino que es su encrucijada. Wright –director acostumbrado a dramas morales en los cuales la angustia del héroe se carga en el silencio del desamparo– se preocupa por construir espacialmente los momentos más difíciles, compartimentando los salones y obligando a padecer la presión de la estrechez y el confinamiento mental desde los habitáculos opacos del personaje.

En este sentido, The Darkest Hour es una película que carga con una circunstancia histórica para dar fuerza a su mensaje. Pero también sugiere y testifica el asolador desasosiego que supone mantenerse indemne a la adversidad y a la crítica ajena. Y que revela con elocuencia el proceso de soportar los embates avanzando sin tranzar.

Por lo tanto, quedarse con el envoltorio de una gesta épica –invocando de manera oportunista un populismo un tanto inverosímil– que remite, por ejemplo, a la moralina inspiradora de Braveheart (1995), es equivocar el rumbo. Porque el brillo de The Darkest Hour está en otra parte: justamente en esas piezas oscuras, laberínticas y opacas. Donde debe sopesarse, a contrarreloj y en soledad, aquello que se instala como un desenlace fatal. Donde el sujeto se encuentra consigo mismo y con el peso insoportable de sus decisiones.

Darkest hour (Las horas más oscuras) (2017, 212 mins.) Joe Wright, Reino Unido.
Gary Oldman, Kristin Scott Thomas, Lily James, Ben Mendelsohn, Stephen Dillane.

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