Reseña: El Gran Showman – Espectacularmente genérico.

Uno de los antagonistas en The greatest showman (2017) es un crítico de espectáculos (Paul Sparks), asistente a los shows del protagonista y columnista en el periódico de la ciudad. Su rol es parco, secundario y más bien contemplativo, pero PT Barnum (Hugh Jackman) no puede dejar de sentirse aludido por las impresiones que emite del espectáculo que monta. Entre ambos tienen pocos intercambios, breves pero contundentes, que dejan al descubierto una de las debilidades más profundas del corazón del protagonista: la imposibilidad de poder sentirse inmune frente a la crítica. O en otras palabras, ser capaz de pasar por alto lo que los otros dicen de él. La cuestión no es sencilla, puesto que implica para Barnum creer lo suficiente en lo que hace al punto de considerar, aquello que se comenta sobre lo que él hace, un mero dato de la causa: pura bulla inocua.

En el fondo, debe ser capaz de sostener con convicción que lo valioso justamente de su trabajo tiene que ver con poder ocultar la falsedad que toda ilusión trae consigo tras su propia puesta en escena de espectáculo. El problema, como siempre, radica en que debe sostener, para todos, la verdad de las mentiras.

Es interesante esta encrucijada. El tema es que la película sólo la sugiere.

The greatest showman parte de la premisa siempre engañosa del basado en hechos reales. Aquí podríamos decir que esa consigna se vuelve una camisa de fuerza precisamente porque la película se apega obedientemente a los hechos en vez de, quizá, fantasearlos más allá de lo que la ficción permite.

Seguimos los pasos de Phineas Taylor Barnum, creador de uno de los espectáculos circenses más exitosos del siglo XIX en Estados Unidos. La historia es más bien convencional y un poco gruesa. No es otra cosa que una ficción más acerca del mito del self-made man: ese sujeto que a punta de sacrificio, veborrea y un poco de fortuna, logra hacerse con el imperio que la película y su epopeya testifican. Lo vemos partir desde una infancia deprivada pero esperanzadora, pasar por las turbulencias propias del choque con la fama y el éxito, y llegar a la adquisición paulatina de una conciencia aleccionadora que, al final, lo devuelve a los orígenes de su propuesta: montar espectáculos para quienes originalmente pensó hacer felices. Debajo de dicha trayectoria, aparece un mensaje democrático, prudencial y optimista: eso que llaman corrección política. Lo que, en sí mismo, no es negativo en absoluto. Pero sí insuficiente.

Otro tema es que el filme se plantea inclusivo pero de manera un poco engañosa. Si bien Barnum se propone montar un espectáculo que realce y reivindique los defectos físicos de sus participantes (muy en la lógica del freakshow: sujetos históricamente vilipendiados y resistidos por los habitantes de un colectivo). A propósito del uso instrumental de dichas deficiencias, y de la compensación de éstas a propósito de los talentos que cada uno posee intrínsecamente, nunca se saca a los sujetos del circo que lucra con ellos. Se les da tribuna y voz, pero siempre en relación al espectáculo. Lo anterior, más que un olvido deliberado, podría responder a la simplificación de una historia que se pretende familiar y masiva.

Porque justamente The greatest showman apunta a eso: a entretener. Y ahí muchas veces pone en evidencia sus costuras; en las motivaciones unidireccionales de los personajes, en la progresión dramática ramplona de los conflictos y en los diálogos que sólo algunas veces sintetizan lo que se quiere estar transmitiendo. Pareciera que ahí, un elemento que compensa esas falencias viene dado por algunos códigos del género musical que la película trae a colación. Los que en general funcionan porque precisamente logran darle agilidad a diálogos o situaciones que parecían destinados a empantanarse en la falta de ingenio o frescura. Michael Gracey, el director, logra sacarle rendimiento a los momentos en que introduce la dimensión musical a su película, porque las peripecias se sienten pertinentes, aunque a ratos pequen de edulcoradas. El tema es que funcionan para la película, pero no más allá.

Si retrocedemos al músical de musicales, Singin’ in the rain (1952), vemos maestría coreográfica pero también densidad narrativa en cada estribillo salido de la boca de su trío protagónico. En definitiva, aditivos centrales que la hacen inolvidable. Incluso otro musical eficaz y muy reciente, La la land (2016), se las ingenia para dar con una alternancia fabulosa entre lo que se dice, lo que se hace mientras se baila y lo que la historia busca contarnos a propósito de estos dos recursos. En The greatest showman los momentos musicales tienen sentido dentro del dinamismo que se le confiere a la trama pero nada más. Aun cuando seguramente los temas principales diseñados bajo un dance-pop millenial muy actual, engrosarán por algunas semanas las listas de Spotify, es difícil que resistan a la prueba del olvido.

Con un elenco correcto, una trama más genérica de lo que hace parecer, un final sorpresivamente interesante, y un mensaje que debería dejar a cualquier espectador con una sonrisa satisfecha mirando los créditos, The greatest showman entretiene pero decide, a expensas de lo que la complejidad que su material inspirador pudiera sugerir, quedarse en la entretención, en la fanfarria y en la coreografía. En el espectáculo por el espectáculo.

El gran showman (The greatest showman) (2017, 109 mins.) Michael Gracey, Estados Unidos.

Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron, Zendaya, Rebecca Ferguson.

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