Reseña: La telenovela errante – Chucha, no entendí la talla

Cuando Oreste Plath, investigador y estudioso del folklore nacional prolífico y, por cierto, muy célebre, se aprestó a viajar por Sudamérica y, tiempo después, a través de Chile, lo hizo arrastrado por una tarea de objetivos sencillos pero ambiciosa si se piensa en los arrastres de su pretensión. A Plath le interesaba mucho viajar, pero también, y ante todo, conocer toda manifestación cultural que se encontrara en el camino. Interrogaba a los comensales en los mismos restoranes donde comía y encuestaba aleatoriamente a la gente en ferias libres. Todo con el objetivo de recoger, –in situ y desde lo que ellos entendían y no desde lo que los libros sintetizaban– aquello que definía a las personas de esos países como pertenecientes a una herencia cultural compartida.

Algo parecido a lo que hizo Violeta Parra cuando se le ocurrió, también por algún interés febril pero plausible, viajar por los arrabales de Santiago y las periferias de los centros urbanos de las capitales del país. Su labor tenía que ver, en este caso, con su propia obra: recuperar la tradición oral chilena recogiendo en su viaje los valores musicales que le contaban pero que seguramente mientras se los mostraban ella también los aprendía. Todo lo que, tiempo después, le permitió consolidar una obra que encierra parte de lo que mucha gente podría denominar como lo constitutivo de cierta chilenidad.

Es interesante que estos dos esfuerzos de rescate y recopilación siempre tengan que ir a buscarse fuera de los centros urbanizados, culturales y administrativos. Lugares, al fin y al cabo, en donde sí se encuentran los símbolos que definen lo que da forma a los pueblos. Justamente ese grupo al que ellos se esmeran en acoger, representar pero también convocar con lo que hacen. En otras palabras, su odisea por encontrar aquellas identificaciones perdidas u olvidadas precisa, necesariamente, de buscarlas afuera de donde ellos vienen. En lugares no contaminados por, digamos, interferencias culturales. Plath y Parra tal vez se dieron cuenta al final de sus vidas que ambos recopilaron, en su estilo, pistas elocuentes de aquello que es más representativo de lo que ellos también fueron.

En fin.

Raúl Ruiz, en el fragor inicial del retorno a la democracia –y tal vez intrigado por la rareza de esta contingencia– aparece por Chile. Quizá tenga interés por filmar algo: porque filmar tal vez es una forma de esclarecer un misterio. Algo que uno hace y que tiene la forma ideal de la tramitación subjetiva pero también de una suerte de problematización de la incertidumbre frente al propio devenir.

El tipo invita y reúne un lote considerable de actores y actrices que circulan con bastante éxito en la industria televisiva de la época (Francisco Reyes, Patricia Rivadeneira, Luis Alarcón, Liliana García y muchos más) y filma con ellos un par de cosas durante una semana. Poco tiempo después, se marcha por el mismo lugar de donde vino. Sin claridad ni de los pormenores de su escabullida ni del destino final de lo que rodó. Años después –Ruiz fallecido– es encontrado ese material perdido, montado por Chamila Rodríguez y Galut Alarcón, y terminado bajo la supervisión de Valeria Sarmiento, directora y viuda de Ruiz. Ellos dan forma a lo que se va a llamar, tres décadas después, La telenovela errante.

Con Ruiz pareciera que, por definición, todo su material (póstumo o no) siempre viene a ser una especie de descubrimiento casual, difuso e inesperado que se parece un poco pero no tanto a una recuperación o reconstrucción arqueológica o exhumatoria. Como si cada película nueva fuera el resultado de una expedición exhaustiva compleja pero siempre fortuita y circunstancial. Siempre ajenas a la lógica y la casuística de los procesos de producción y circulación habituales.

La telenovela errante es, entonces, una película hecha con lo que Ruiz acumuló y terminó dejando por ahí: quizá instrucciones, claramente tomas sueltas, tal vez algunas secuencias varias. Que finalmente toma la forma de un largometraje de 80 minutos que se divide, a su vez, en 7 secuencias aparentemente independientes una de la otra.

Al principio del film, vemos un sujeto que dialoga con su presunta enamorada. Se quejan, solemnes ambos, de que la gente los mira, y por eso, cabe señalar, deben ser cautelosos. Hablan de la pasión infiel, de los negocios inmobiliarios y bursátiles de cifras millonarias y de músculos que se parecen al bistec. Segunda secuencia: unos tipos impostan un español de doblaje televisivo para quejarse de las fallas del supuesto inglés (?) que hablan, para después ser acribillados por sujetos que también son acribillados justo después ser ellos también acribillados por sujetos que terminan finalmente siendo acribillados por otros sujetos. Otra secuencia: un tipo pide ayuda a otro para empujar un vehículo en el que va su señora, a la cual olvida debido al ofrecimiento de irse a tomar hecho por quien le ayudó a empujar el vehículo donde aún –nos parece– se mantiene su mujer, de quién claramente ya se olvidó. Y así, suma y sigue.

Todas las secuencias aparentemente inconexas, los diálogos tramposamente alambicados y la sensación de perpetuo absurdo que se sigue al final de cada gag producen una sensación, en el espectador, de ser parte de una suerte de complot epistémico. Una conjura macabra en la cual el director se colude con un registro cotidiano cuyo dialecto y causalidad, al parecer, nunca encajan del todo. Y ahí está la elocuencia de su involuntariamente marcada comicidad: la posibilidad de pensar la inteligibilidad de la propuesta diegética del film justamente en los elementos que no tienen el atributo de cargar con ella. Una frase al voleo se oye como la pieza faltante de un rompecabezas distinto, ajeno y contradictorio, que Ruiz se preocupa de contrabandearnos a través de secuencias que precisamente, por su asociatividad arbitraria, le permiten suscribir a consignas irrisoriamente mordaces –el exilio como una tincada, la militancia como verborrea– pero que también utiliza para escupir las críticas más altisonantes a una época que carga con un absurdo que no precisa de la reconstrucción de dicha incoherencia para emerger en la conciencia.

Ruiz avisa del oxímoron socialista en torno al divorcio, de una cuarta pared que, como los Muros de esa época, son meros escombros, y de las sucesivas y desternillantes alusiones a una matriz que, por décadas, nunca va a abandonar a los sujetos trágicos e ilusos del Tercer Mundo: ese colectivo que se aferra con pasión al melodrama que es, a la larga, la crónica imperfecta de sus tragedias cotidianas. Pero también el lente interpretativo y participativo con el cual concebir un mundo con sentido. La mitología chilensis de la transición democrática está, probablemente,  travestida en la teleserie que es su sino y modalidad interpretativa por excelencia. Ruiz va, literalmente, al corazón epistémico del ethos noventero hablando en su único idioma posible.

No deja de ser sugerente que la televonela también sea, de acuerdo a lo que propone Sergio Durán en Ríecuando todos estén tristes: el entretenimiento televisivo bajo la dictadura de Pinochet (2010), la forma de representación y consumo masivo que, al menos en dictadura, las ofició como sucedáneo de la vida pública, satisfaciendo las necesidades de representación y participación que el “receso político” mantuvo insatisfechas por tanto tiempo. Ruiz utiliza el recurso novelesco para denunciar e ironizar, pero también entiende, en su estilo, el potencial discursivo que ese formato brillantemente encierra.

La telenovela errante, reivindica la matriz novelesca-folletinera-romantizante para hablar de todo al mismo tiempo, en una experiencia cacofónica que presuntamente no dice nada en la superficie de los parlamentos aprendidos por los actores de la televisión de la época. Pero que se acomoda con desparpajo en una época que no la vió nacer y que se gratifica con su afán impostado pero sarcásticamente profético.

Quizá el aparente desorden narrativo sea justamente la posibilidad que se nos aparece como disponible para poder ser fieles a una experiencia escurridiza, inmanente e inescrutable, que se ríe en nuestra cara y que nunca, tal vez, le terminaremos de entender sus razones.

La telenovela errante (2017, 80 mins.) Raúl Ruiz, Chile.
Francisco Reyes, Luis Alarcón, Patricia Rivadeneira, Mauricio Pesutic, Roberto Poblete, Liliana Garcia, Consuelo Castillo.

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